27 ago. 2014



Eres la costumbre que necesito, el viento con el que vuelo, dispuesto...
Soy el grito que huye agitado, la que cae sobre tus párpados dispuesta...

Sabes que aquí ya no puede llover más, y aún así eres la tormenta de mi vergüenza, la propia mediocridad sangrando entre mis piernas, la amnesia de aquella partida. Deja que me pierda en lo arañazos de tu espalda, arranca besos que no te pertenecen de mi cuello y tan solo tórnate en el olvido de las promesas jamás dichas. Aniquila los colores de mi espejo  y podré bañar tus pies con mi llanto hasta ser por fin, digna de tu perversión, digna de ser el error que arrastras contra la pared para eliminarlo. 
Pero nunca ¿Me has oído? ¡Nunca! seas la declaración inevitable y absurda de miradas, ni el beso que se encarcela en mi garganta mientras te alejas, sentado a mi lado. 

14 may. 2014

15 de mayo.



 
Deja que llueva, deja que llueva en mi corazón,
a las venas muertas ya no las nutre la luna,
las flores, en ojos secos ya no brotan,
y las ratas...
las ratas no se muerden las uñas.






10 dic. 2013

Propensión de las ratas a los pasadizos pequeños y tortuosos.

   Todo empieza en una oscura noche de otoño, de estas que huelen a hierba mojada, a leña ardiendo y a noviembre, de estas que saben a heridas o a vodka, en las que el cielo rojo amenaza con devorar tu insignificancia con una lluvia interminable. Sí, esta noche es la idónea, me sentaré a llenar este vacío con lunes y alcohol, con besos atragantados que luego vomitaré uno a uno y orgasmos que arrancaré de mi piel con fuego lentamente frente un espejo, buscando en estos ojos marrones algo de compasión que no merezco. Entonces, el cinismo dibujará una sonrisa en mi rostro, cuando por fin encuentre todo el odio en las lágrimas, cuando me reencuentre con mis ojos negros.

   Regalar el cuerpo solo para creer que el tiempo pasará más deprisa, sentir así otra piel y comprobar, noche tras noche, que no existe ningún beso demasiado profundo para llegar hasta aquí.  
En caso de que “aquí” sea un lugar.
En caso de que “aquí” exista.

  El mismo cuerpo que entrego es el que me está matando, no hace otra cosa que robar mi identidad y representarme sin que yo se lo haya permitido nunca.
Necesito huir de esta vulgar prisión que ya no protege los secretos de mis entrañas, que me hiere, que arde, que se derrumba cuando él roza mi espalda. Tengo que escapar de este trozo de carne y agua que se pierde en su reflejo, que solo sirve para comprender el dolor que mi alma no ha aprendido a entender. Y estas alturas de la madrugada no tengo tengo más excusas, no existe una palabra salvo cobardía para poder explicar porqué aún no he hecho del frío mi cobijo eterno, en cambio solo rompo a llorar y quiebro el frágil cristal que se halla en mi pecho, tan frágil ya que las miradas no se dejan sostener.

 Nunca he dejado soñar que muero entre nubes violetas con el olor a madera en mis muñecas, dejando por fin de ser. Yo vuelo. Aún así, creo que alguien sabe de mi anhelo por encontrar a quien pueda contenerme un solo segundo para evitar la caída, tan solo un segundo para volver a sentirme humana deslizando el instinto y la razón entre mis dedos, un momento para olvidar mi necesidad de evadirme y así recobrar velocidad en mi llegada al abismo.

  En pocas palabras, sé que alguien conoce mi propensión a los pasadizos pequeños y tortuosos.

 "Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados han sido perdonados."  Lucas 7:47-48

  

16 oct. 2013

17_10

Abrí aquella puerta sin querer encontrarla pero ahí estaba ella, tumbada con frío, la apología de mi propia fragilidad. Debe permanecer aquí encerrada entre cuatro parades blancas hasta que se reconozca, pues ahora no es más que la decadencia de una flor que ya no puede verse, que no se siente,que no siente nada que no sea su piel desquebrajándose.

Tiene frío.

Dibuja garabatos en la pared para tener pruebas de que aún existe, muestras de que aún está allí. El sonido de su corazón le retumba y le asusta, desea que de una vez se calle. Ahí está, anhelando soñar sin poder dormir, consumiéndose por la semilla de la tragedia sin la cual ella no es más que una pérdida de tiempo.



Tiene mucho frío.

Hace ya mucho que solo ella se contesta, no sabe hablar con lo demás porque teme no poder esconder sus monstruos. Ella solo mira a través de la ventana o las venas de sus muñecas dudando de que en ellas aún haya vida. Ella solo respira.

Tiene frío.

Abrí aquella puerta y estaba allí, ella, la apología de mi fragilidad tumbada y temblando. Me mira como si yo fuera su última salvación de su no saber ser, entonces decide preguntarme creyendo que yo sería capáz de contestar ¿Aún tienes frío?
¿Ya te reconoces en el espejo?
¿te sientes? ¿Crees que existes?
¿Aún le temes a tu corazón? ¿Puedes soñar?
¿Has conseguido distinguirte de la tragedia? ¿Hablas con alguien?
¿Sigues mirándote las muñecas? ¿sigues siendo una pérdida de tiempo?

Pero yo solo pude decirle mientras cerraba la puerta y los ojos: Lo siento, aún tengo demasiado frío.