27 ago. 2014



Eres la costumbre que necesito, el viento con el que vuelo, dispuesto...
Soy el grito que huye agitado, la que cae sobre tus párpados dispuesta...

Sabes que aquí ya no puede llover más, y aún así eres la tormenta de mi vergüenza, la propia mediocridad sangrando entre mis piernas, la amnesia de aquella partida. Deja que me pierda en lo arañazos de tu espalda, arranca besos que no te pertenecen de mi cuello y tan solo tórnate en el olvido de las promesas jamás dichas. Aniquila los colores de mi espejo  y podré bañar tus pies con mi llanto hasta ser por fin, digna de tu perversión, digna de ser el error que arrastras contra la pared para eliminarlo. 
Pero nunca ¿Me has oído? ¡Nunca! seas la declaración inevitable y absurda de miradas, ni el beso que se encarcela en mi garganta mientras te alejas, sentado a mi lado.